Recuerdo que cuando tenía doce o trece años, encontraba condones regados por toda mi casa, tantos, que cualquier extraño que entrara, hubiera pensado que era un picadero. A pesar de la constante y copiosa aparición de preservativos, tan sólo un par de veces tomé alguno para inflarlo o tratar de ponérmelo, las clases de sexualidad en mi escuela (laica) y la amplitud de criterio de mis padres, aminoraban mucho mi curiosidad.
Aunque dichos hallazgos me resultaban un tanto extraños, pues mi madre se había ligado las trompas de falopio tras mi nacimiento, no llegaban a conmoverme, por lo que no fue hasta hace unos años que, después de reflexionar un poco, me di cuenta de que no era que mis progenitores tuvieran una desenfrenada vida sexual, sino que se trataba de una original técnica pedagógica para darme el ejemplo y mantenerme informado, una de las tantas razones por las que los admiro profundamente.
Declaro, parafraseando a Sir Francis Bacon, que la información, es poder.


