Describirme siempre me ha parecido una pérdida de tiempo, representa una tarea larga, difícil, y que seguramente no podría completar con éxito. Pocas palabras he dedicado en mi vida a la auto-descripción, si bien es cierto que, entre líneas, después seis meses de textos, mis lectores podrían formarse una imagen aproximada de lo que es el autor, esto sería más por la interpretación de ideas y acciones del mismo, y no por su afán de exhibir cualidades y defectos. En vez de describirme, siempre he apostado por entenderme, lo cual, aunque igualmente difícil, lo considero de mayor utilidad.
Más que adjetivos, son nuestras motivaciones y acciones (reflejos del pasado) las que permiten entendernos o, por lo menos, acercarnos a la comprensión de la intrincada mente humana que, para colmo, no es una sino millones.
A mis primas las entiendo como el producto de una madre sobre-protectora y controladora, y un padre consentidor y sumiso, señoritas motivadas no por la libertad, que nunca tuvieron, sino por las banales aspiraciones de la sociedad moderna; la aculturación del american way of life, mal del que muchos sufren y pocos se dan cuenta pero, en este caso, agravado y recrudecido por la ingenuidad y miedos inculcados durante toda su vida por sus padres…
No quiero alargarme mucho, por lo que ilustraré un poco:
- Coreografías espontáneas dignas de retrasados mentales.
- “Caramelito azucarado que sabe a chocolate”.
- Orejas de conejo y voz de niñas mimadas de cinco años.
- Veintitrés tiene la menor.
Esto tal vez explique por qué a veces en la cena de Navidad, me dan ganas de meter la cabeza en el pavo y morir asfixiado.


