Eran las vísperas de mi partida a tierras lejanas, andaba por todos lados organizando despedidas, y no despedidas con alcohol y amigos, que nunca me faltaron, sino despedidas de índole sexual, de las cuales, tampoco puedo quejarme. Logré negociar una de éstas con una amiga, a través de una de esas conversaciones, medio en broma y medio en serio, que no comprometen a nadie, pero que dejan entrever las intenciones de las personas.
La cita transcurrió en su sala, entre jadeos discretos y caricias torpes, atentos continuamente a cualquier señal de su madre, listos para tomar una pose inocente en cualquier momento. Quise mudar el encuentro a mi casa, pues me encontraba rondando sitios más cálidos y húmedos, pero ella se rehusaba, así que intenté soluciones más temerarias y exhibicionistas que, finalmente, no fueron bien recibidas; la niña, según dijo, sería virgen hasta el matrimonio, así que después de cuatro horas de intentar, fallidamente, desahogar mis instintos, regresé a mi casa abatido y con un dolor de huevos épico.
En los siguientes días me vi bombardeado por llamadas y mensajitos dulces que me prometían amor a pesar de la distancia, que me preguntaban qué sería de "nosotros", que hablaban de visitas sorpresas y llamadas cada tercer día; sobra decir que el intrépido CI, se perturbó bastante, así que hice lo más noble que se me ocurrió: mentir. Mentir para evitar otro fatídico encuentro, hablar de importantes compromisos y agenda llena pero, como buen pendejo, fui descubierto en cada uno de mis engaños, por lo que, hallándome acorralado, me hice el occiso durante los siguientes dos meses, en los cuales, ya me encontraba a miles de kilómetros y por lo tanto, fuera del rango de alcance de todo reclamo y culpa.
Pasado el tiempo prudente, reaparecí en el messenger, fingiendo demencia, hablándole de trivialidades como si nada hubiera pasado, cruzando los dedos por obtener una respuesta similar, y así fue, no obstante, fuentes confiables me informaron que ella, sin aparente razón, había caído en una seria depresión que la había llevado a los brazos de su tiránico ex-novio, con el cual, en menos de un año, contraería matrimonio estando embarazada. Regresas a tiempo -me dijo- serás invitado de honor en la boda y el bautizo. Entendí la indirecta.
Ya está grandecita, pensé, pero no por eso dejo de ser un hijo de puta.