Para bajarle un poco a la seriedad de la última entrada, escribiré de cuando utilizaba las redes sociales para buscar sexo, o sea, hace muy poco (ahora sólo las uso para fisgonear a mis amigas buenorras).
Un día me encontré con el perfil de una señorita cuyas fotos eran de sobremanera sugerentes, por lo que procedí a agregarla como "amiga". A los pocos días tuve la oportunidad de chatear con ella y, sin yo tener que insinuar nada, terminamos hablando de sexo, así que, ni tardo ni perezoso, la invité a "ver películas" en mi casa.
Total que accedió y a los pocos días nos encontrabamos acostados en mi cama, iluminados únicamente por el brillo del televisor, que seguramente proyectaba las imágenes de alguna comedia romántica. Antes de terminar los anuncios (si es que los hubieron) yo ya había dado el primer paso para tener un encuentro sexual sin compromiso que, si no fuera por dos detalles que me perturbaron bastante, hubiera sido como cualquier otro.
No es por menospreciar mis destrezas sexuales ni mis respetables dimensiones, pero la susodicha se aventaba unos gemidos TAN exagerados que me causaron risa e incomodidad, imagínense a una gata penetrada por la versión felina de Ron Jeremy, o mejor dicho, por Ron Jeremy. Me dio la impresión de que la señorita había visto demasiado porno, pero bueno, como no soy una persona quisquillosa, terminé el acto so pena de alborotar a los vecinos, pero lo peor y más desagradable vino cuando al extraer mi miembro recubierto de latex, lo encontré con algo de sangre, cosa que, dadas las circunstancias, me pareció muy desagradable.
Yo no sé si le llegó en ese momento o simplemente no tuvo la delicadeza de comentarme que estaba reglando, pero a raíz de eso, fui más moderado y cauteloso con esos encuentros.


